La urgencia de imaginar: ¿qué otra masculinidad es posible?

¿Por qué la masculinidad? ¿Bajo qué coordenadas socio-subjetivas se impuso como hegemónico un dispositivo necropolítico de producción de identidad? ¿Para quién la masculinidad?, ¿de quién es la masculinidad? 

Empecemos con una convención: la masculinidad no es una esencia ni está regida por la biología. Me interesa la definición de Connell, quien dijo que la masculinidad es una posición en las relaciones de género. Posición que para su sostenimiento implica determinadas prácticas que producirán efectos. Me interesa esta definición porque no dice nada acerca de lo que lo que los varones son. Más bien nos permite comprender que cuando hablamos de masculinidad estamos casi siempre ante un ideal difuso y móvil, aunque exigente en su cumplimiento y evidente en sus efectos. 

Me quiero detener en dos aspectos: a. ¿de qué está hecha la masculinidad? b. ¿cómo convivimos con sus efectos? 

Sabemos que las categorías del orden sexual moderno no han logrado -y no lograrán nunca- capturar todas las expresiones de la sexualidad y la identidad humanas. La crítica que han hecho los movimientos feministas y los estudios de género a los binarismos esencialistas que rigen las coordenadas de disciplinamiento de la sexualidad, impuso una narrativa de pluralidad; pluralidad semántica, epistémica y política que intenta reparar la invisibilización histórica de masculinidades no cis y no heterosexuales. Es entonces que está la masculinidad y las masculinidades: las trans, las lésbicas, las maricas, las locas, las neurodivergentes, las gordas, las bajas, las muy flaquitas, las que hablan finito, las marrones, las femeninas, las bullineadas, las medicalizadas, las institucionalizadas, las otras, las otras, las que serán siempre las otras masculinidades

Hoy quiero hablar de aquella que no es la otra. La que es la Una. La masculinidad en singular, la de la ilusión, la que compone los sentidos compartidos. Aquella que está en nuestra imaginación antes que en el lenguaje. 

La masculinidad es una ficción que actuamos todxs.

En el teatro clásico todo se organiza en función de los deseos y necesidades del personaje principal. El protagonista sabe que es importante no tanto por lo que piensa de sí mismo sino por cómo actúan los demás en función de la importancia que le adjudican. En ese movimiento circular, se confirma su importancia y finalmente el protagonista puede hacer lo que quiere. En definitiva: el protagonista es quien es por quienes lo hacen ser eso.

Si pensamos en la ficcionalidad del género advertimos que a todxs nos dan el mismo guion, pero solo algunos serán los personajes principales. Quizás ya pueda decirlo: un varón blanco cis y heterosexual es el personaje principal en el escenario de los roles de género.

También en el teatro del mundo advertimos algunos personajes principales. Donald Trump es el mayor exponente contemporáneo de un ideal de masculinidad blanca, poderosa, impune, racista, homófoba y antifeminista. Su posicionamiento social, sus políticas bélicas y sus discursos de odio producen -y reproducen- la impunidad que solo este tipo de masculinidad puede ejercer. 

En Argentina sucede algo similar, pero con una masculinidad menos poderosa. La política de exclusión, empobrecimiento y fragmentación social llevada a cabo por Javier Milei se enlaza a las políticas mundiales de masculinidad supremacista.

Entonces, ¿de qué está hecha la masculinidad? ¿bajo qué representaciones, prácticas y afectos se sostiene la impunidad y la violencia de la masculinidad dominante? 

Fuerza. Razón. Cultura. Objetividad. Mundo Público. Dominación. Control. Autosuficiencia. Invulnerabilidad. Virilidad. Proveedor. Atributos que culturalmente están asociados a la masculinidad y que organizan las prácticas, los espacios posibles de habitar y los modos de vincularse con lxs otrxs y consigo mismos. Estos atributos de la masculinidad occidental son los que garantizan la posición jerárquica en la estructura de género. Ocupar un lugar de jerarquía en la estructura social otorga privilegios. Tal como plantea Tajer, la producción de subjetividad en el privilegio produce sujetos con un campo acotado del semejante. Es decir, las subjetividades de privilegio solo consideran a unxs pocxs como sujetos merecedores de derechos. La introyección del rol social dominante trae como efecto la vivencia íntima de que lxs otrxs son objetxs que están a disposición y actuar en consecuencia. Comprender la construcción social y subjetiva de la masculinidad permite analizar las tramas que componen las violencias en todos sus niveles. 

Ahora bien, no todos son Trump, no todos son Milei, pero es desde allí que se organiza el ideal de masculinidad contemporánea desde el cual se medirán las otras masculinidades, ya sea para diferenciarse o para acercarse. En definitiva, no todos alcanzan esas posiciones de éxito y poder prometidas, pero en todos opera la ilusión viril de la masculinidad en forma de anhelos, mandatos, ideales y expectativas hacia sí mismos. He aquí la gran estafa de la masculinidad actual: la promesa de éxito en un mundo donde cada vez hay menos lugar para que todos sean exitosos. 

Quienes nos dedicamos al estudio e investigación en masculinidades advertimos una encrucijada compleja: varones cis subjetivados con los mandatos tradicionales -con el trabajo como organizador central de la identidad y valor de sí-, en un mercado laboral regido por el capitalismo financiero que produce cada vez más desempleo y con coordenadas neofascistas de tramitación del malestar. Terreno fértil para la producción de afectos que disminuyen la potencia de los cuerpos. Dolor de época transformado en resentimiento y expresado en la violencia con la hostilidad de aquellos que han perdido algo. Han perdido una promesa. Con esto quiero decir: tienen motivos para estar enojados, pero dirigen su enojo en la dirección equivocada. Un mal direccionamiento del enojo solo produce más enojo y frustración. Ya vemos cómo se organizan comunidades virtuales para enojarse colectivamente. Pero el enojo también puede ser motor de cambio. 

Connell analiza las relaciones de complicidad entre masculinidades para destacar que, si bien no todos los varones cis encarnan los patrones de la hegemonía, todos se benefician con el dividendo patriarcal; la complicidad con el proyecto hegemónico permite que todos los varones cis -se acerquen en mayor o menor medida a la hegemonía-, obtengan las ventajas que otorga pertenecer al género dominante como por ejemplo la subordinación de mujeres cis y disidencias o el extractivismo de su tiempo, dinero y fuerza vital.  

En lo personal, antes de dedicarme a masculinidades, me encontré con los efectos de la masculinidad en las otras-nosotras. Los femicidios, los transfemicidios, las violencias de género, las desigualdades estructurales, la brecha salarial, la feminización de la pobreza, entre otros, son los efectos más crudos y cotidianos que la masculinidad produce en la cultura. 

La masculinidad no es un concepto, es eso que está latiendo en los sufrimientos humanos. La masculinidad es un ideal que impone una fidelidad puntillosa que no deja espacio a la creatividad y a la potencia de un cuerpo. La masculinidad -como cualquier dispositivo de poder- es profundamente restrictiva, ya sea para quienes adscriben a ella como para lxs que no. 

Política identitaria de empobrecimiento humano, sufrimiento y muerte que se expresa en datos epidemiológicos. La primera causa de mortalidad en varones cis adolescentes y jóvenes a nivel mundial son las causas externas: accidentes, suicidios y homicidios. Causas ligadas a la violencia. Causas evitables. Se nombran también muertes no naturales. Y si no son naturales ¿qué son? 

¿qué muertes producimos como cultura? ¿qué vidas producimos como cultura?

La despotenciación vital que impone la masculinidad se observa también en los cuerpos y subjetividades de los varones cisgénero que han sido socializados con este modelo. Tanto en mi trabajo en la clínica terapéutica individual y grupal con varones cis, como en mi investigación con varones cis jóvenes deliverys del conurbano, identifico que aún en trayectorias disímiles opera un común denominador: el sostenimiento de las prácticas de masculinidad se aprende en la infancia, se apropia para sí fuertemente en la adolescencia y se sostiene a lo largo de toda la vida, produciendo malestares físicos y subjetivos difíciles de nombrar con las palabras disponibles en el guion de género. Frustración, vergüenza, presión interna y externa, aguante, silencio, enojo, ira, asfixia, soledad y exigencias son algunos de los padecimientos con los cuales tienen que lidiar. 

El distanciamiento afectivo (respondiendo al mandato tradicional “los hombres no lloran”) obtura la posibilidad de entender lo que les pasa y encontrar una salida vital para los malestares propios de ser humanos. Tal como lo expresaron los trabajadores jóvenes deliverys, quienes padecen los destratos y desvalorización social por el trabajo que realizan y se suben enojados a sus motos, lo cual se traduce en prácticas temerarias como conducir a velocidades extremas exponiéndose a riesgos vitales. Los modos masculinos de significar los afectos están asociados fundamentalmente al enojo y a la ira, lo cual por un lado impide identificar la amplia gama afectiva que tenemos los humanos y, por otro lado, la expresión directa del enojo en forma de violencia hacia otrxs y hacia sí mismos.

Muchos de los sentimientos de frustración se producen por no alcanzar el ideal de éxito y proveedor económico, sentimientos que se profundizan en momentos de crisis socioeconómicas. La apropiación singular de un afecto que es producto de las imposibilidades estructurales actuales puede desarmarse en espacios grupales de masculinidades que vehiculicen la expresión emocional. 

El mandato del aguante opera en sus trayectorias vitales y en sus modos de vinculación consigo mismos, traduciéndose muchas veces en la ausencia en los sistemas de cuidado (salud y salud mental). A su vez, la introyección del aguante se traduce en una percepción de invulnerabilidad que va a contramano de la precariedad ontológica de los cuerpos, lo cual se traduce en ensimismamiento, ideal de autosuficiencia y poca capacidad de pedir ayuda. En este sentido, pedir ayuda iría en detrimento del sostenimiento de la masculinidad, aspecto nodal en momentos históricos donde se profundiza la precarización de nuestras vidas. 

¿Qué vida se puede sostener sin ayuda de lxs otrxs? ¿cuál es el costo de una vida autosuficiente?

Observamos estas coordenadas de malestar en varones cis de mediana edad que se quedan sin trabajo, hecho vivenciado como una pérdida identitaria que empeora cuando no se puede colectivizar por vergüenza y silenciamiento. ¿Con quién sufro si no puedo nombrar?

Me interesa destacar otro de los efectos de la socialización en la masculinidad: el silencio. Las historias de los varones cis están repletas de silencios, de carencia de espacios de intimidad. En sus grupos de amigos es donde más sienten que tienen que sostener el guion de la masculinidad y lo respetan con mucha disciplina. No hablar de lo que les pasa sobrecarga a las feminidades, que deben ser traductoras emocionales. Terapeutas espontáneas sin título ni honorarios. Pero me interesa hacer una pausa acá: ¿con quién hablan los varones cis? ¿a quién les cuentan sus penas, sus dolores, sus sueños? ¿con quiénes dudan, consultan, debaten sobre situaciones de la vida? La soledad y el silencio aparecen en escena como efecto de una masculinidad que por proclamarse autosuficiente produce sujetos que piensan que es suficiente hablar consigo mismos. Convivir con el eco de la voz propia puede cristalizar certezas, rigidizar el pensamiento y llevar vidas que permanecen estáticas en un mundo que cambia vertiginosamente. Quizás por eso actualmente se habla de la desorientación de los varones cis. Aunque puedo spoilear para atrás: ya se hablaba de esto en la segunda mitad del siglo pasado. 

Es en este escenario donde coexiste el mandato de ser tu propio jefe, discursos meritocráticos que exponen vidas humanas a un sistema de deshumanización con ideales de éxito imposibles de alcanzar. Tal es el caso de los jóvenes que trabajan como deliverys por aplicaciones de plataforma en la informalidad. Se intersectan al menos dos líneas de precarización: material y simbólica. Estos jóvenes, por su edad, por ser varones y por trabajar en la informalidad, se encuentran desafiliados de todos los sistemas de cuidado y reconocimiento modernos: sistema de salud, seguridad social, sistema educativo. ¿Quién sostiene la vida de los trabajadores jóvenes? ¿qué se les pide? A través de las políticas de exclusión en momentos de retirada del Estado de la función del cuidado se refuerza uno de los mensajes más fuertes de la socialización masculina: vidas que no merecen ser cuidadas.

Los varones cis han aprendido a rechazar de sí y del mundo todo aquello considerado femenino, con la frágil ilusión de que así reforzarían su masculinidad. Pero en nuestra cultura asociamos lo femenino a numerosas capacidades humanas que son indispensables para el sostenimiento de una vida -la propia y la de otrxs-. ¿Qué vida se compone rechazando el cuidado, la sensibilidad, la vulnerabilidad, la emocionalidad? 

A contramano de las tendencias epocales, quizás sea oportuno encontrar otros sentidos que construyan la identidad masculina, que habilite prácticas de restitución de la potencia vital. Con suavidad, abiertos al desafío de tener un cuerpo sensible al mundo que habitamos. Un modo-otro de ser y estar de manera sensible a lo humano que aún seguimos siendo. Es cierto que no es fácil construir otro mundo posible, pero al menos tenemos la urgencia de imaginarlo.

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Lucía Saavedra

Psicóloga (UBA). Docente e Investigadora en Introducción a los Estudios de Género (Psicología, UBA). Maestranda en Problemáticas Sociales Infanto-Juveniles (UBA). Investiga masculinidades jóvenes deliverys del conurbano.

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