El 24 de marzo representa, para nosotros argentinas y argentinos, una herida abierta que no solo no podemos cerrar, sino que no queremos cerrar. Claro está, esto no le sucede a la totalidad de la población. La pregunta parece evidente: ¿por qué no?
Una gran parte de esa población suele escudarse en un “ya pasó, es el pasado, tenemos que mirar para delante”. Otras tantas, como sucede con el actual gobierno nacional, levantan una bandera extraña de “verdad completa”, aduciendo la vieja teoría de “los dos demonios”. Muy por debajo, entre ellas, se puede oler un tufillo represivo de ideologías: “había que acabar con el comunismo”. Debo reconocer que, aunque me espanta esa porción de la población, más me preocupa la indiferencia.
Lo que sucedió a partir del 24 de marzo en nuestro país es ya conocido y no es mi intención adentrarme en esta cuestión donde muchos y muchas han escrito tanto y tan bien. Y sí, son 30.000 desaparecidos y desaparecidas; y sí, esperamos que nos digan dónde están y qué hicieron con sus cuerpos; y sí, queremos que nos devuelvan a los y las bebés que sustrajeron de los vientres de esas madres desaparecidas. Pero sí quiero detenerme a reflexionar en aquellas personas a las que esta fecha solo les representa un feriado, un día no laborable, un fin de semana largo más.
Lo descubrí hace poco. Es un escritor español, Javier Cercas. Su libro, El impostor. Es una novela no ficcionada que trata de un personaje, Enric Marco, que se hizo pasar por superviviente del Holocausto y, ya casi a sus 90 años, fueron desenmascaradas todas sus mentiras en lo que conmocionó a España allá por el año 2005. Sin embargo, esta historia no es sobre él, sino sobre nosotros y nosotras. ¿En qué sentido? Bueno, Enric era una persona del montón que vivió la época de Franco. Uno más. Uno de aquellos que, mientras pasaban las cosas más terribles, violentas y despiadadas en la historia contemporánea española, vivía como si nada pasase. Incluso, aprovechó un acuerdo entre Franco y Hitler para llevar a la Alemania nazi mano de obra económica española –sí, cuando se pensaba que Alemania ganaría la guerra–. Pero vuelvo, la historia no es sobre él sino sobre todas las personas que dicen “Sí”. Porque Marco era de esas personas que preferían no escuchar, no ver, no levantar la voz, o simplemente hacerse el “boludo” –porque siempre es más fácil hacerse el boludo–. Pero también fue de aquellas personas que, cuando muere Franco, cuando la condena de la dictadura fue abrumadora y todos los hechos violentos puestos a la luz de la verdad, se los escuchaba decir, con mucha soltura y convicción, que ellos habían, “desde siempre”, condenado y denunciado al franquismo; habían luchado por la democracia. Esa tal vez sea la peor característica que una persona puede tener.
En Argentina tuvimos muchas de esas personas, es más, la mayoría era así. No sabían qué pasaba, no escuchaban nada, sabían que algunas personas habían sido detenidas pero “algo habrán hecho”. Organizamos un mundial de fútbol en plena dictadura, apenas 2 años después del golpe cívico-militar. Llenamos la cancha de River que estaba a solo metros de uno de los centros de detención y torturas más importante: la Escuela de la Armada. Festejamos haber salido campeones. Llenamos otra vez la plaza de mayo para victorear por una guerra inentendible.
Pero hubo gente que dijo “No”. Hubo heroínas que pidieron por sus hijos e hijas. Que se reunían en la plaza de mayo marchando en círculo reclamando por respuestas, por sus cuerpos, por sus nietos y nietas –pues muchas de ellas estaban embarazadas cuando se las llevaron–. Hubo denuncias, hubo abogados y abogadas que se involucraron, hubo personas que dijeron que “No”, que fueron valientes, que alzaron su voz. Que dejaron de lado las comodidades, que pelearon por la libertad, por el restablecimiento de la democracia, que no estaban dispuestas a aceptar así nomás la violencia, la deshumanización, la mentira, el encubrimiento. Personas a las que no les daba lo mismo ser parte de una comunidad que violentaba a aquellos y aquellas que pensaban distinto. Personas que no estaban dispuestas a bajar la cabeza, a priorizar su comodidad por sobre la comodidad de otra gran parte de su comunidad. A ellas, mi eterno respeto y agradecimiento.
Argentina, a diferencia de la mayoría de los países que pasaron por procesos parecidos, condenó a los responsables de las mayores atrocidades que sufrió el país. No fue un camino recto: hubo leyes de impunidad, hubo indultos, hubo retrocesos. Pero también hubo quienes siguieron peleando hasta que esas leyes cayeron y los juicios se reabrieron. Así logramos un hecho inédito: no solo condenar a los responsables, sino que decidimos, implícitamente, apoyar y sostener la democracia de nuestro país. Pero aún algo más importante: darle justicia –incompleta– a aquellos familiares que nunca tuvieron un cuerpo que llorar. Habíamos logrado así, en parte, defender nuestra democracia alzando la voz diciendo, unánimamente, “Nunca más”.
Hoy, sin embargo, estamos viviendo una batalla inaudita. Una batalla de sentido. En primer lugar, por poner a discutir una cifra, la de 30.000 desaparecidos y desaparecidas. La disputa enmascara una verdad totalmente distinta: la restitución del «algo habrán hecho» pero en un sentido todavía más perverso: «algo hicieron». Los intelectuales de Milei sostienen que todas aquellas personas que van a la marcha por la memoria del golpe del ’76 son comunistas, son «zurdos de mierda». Estigmatizan, etiquetan, denostan.
Hay una paradoja que vale la pena nombrar: quienes hoy se presentan como defensores de la libertad son los mismos que estigmatizan a quienes marchan por la memoria. Esa no es libertad: es su caricatura. La libertad real no consiste en el derecho a decir cualquier cosa sin consecuencias; consiste en la responsabilidad de sostener una comunidad donde todos y todas podamos vivir sin miedo a ser perseguidos por pensar distinto. Confundir una cosa con la otra no es un error inocente.
La indiferencia no es solo un fenómeno del pasado. Hoy adopta otras formas: la de quienes dejan que otros decidan qué es verdad, la de quienes prefieren no tomar partido cuando se discute si la tierra es plana o si las vacunas funcionan. No es casualidad que los mismos sectores que relativizan los 30.000 desaparecidos sean los que siembran dudas sobre la ciencia, sobre los medios, sobre la historia. La desinformación y el negacionismo son primos hermanos. Ambos necesitan de nuestra indiferencia para prosperar.
Este texto no está escrito solo para quienes ya marchan, ya recuerdan, ya dicen «No». Está escrito también para quienes todavía no saben bien de qué lado estar, para quienes sienten que la política los cansa, para quienes preferirían que todo esto fuera más simple. Les digo: entiendo esa fatiga. Pero la indiferencia tiene un costo que siempre paga otro. Y el día que la cuenta llegue, no alcanzará con decir que uno no sabía, que no escuchaba, que algo habrán hecho. Porque eso ya lo dijeron antes. Y sabemos cómo terminó.
Hoy más que nunca debemos ser valientes. Hoy más que nunca debemos pedir por la Memoria, la Verdad, la Justicia. Hoy, y sobre todo mañana, no podemos permitirnos otro Enric Marco.

