Tiempos interesantes: la era del populismo digital

Hacia 1936, Sir Austen Chamberlain pronunció un discurso ante el Birmingham Unionist Association donde inmortaliza la frase «May you live in interesting times». Su discurso decía algo así como «Ojalá vivas tiempos interesantes. Esa es una antigua maldición china. No hay duda de que la maldición ha caído sobre nosotros. Pasamos de una crisis a otra. Sufrimos una perturbación y un sobresalto tras otro». Y claro, eran tiempos de mucha convulsión, la Italia fascista había invadido Abisinia, en España se desataba la guerra civil y Alemania estaba en pleno rearme. La “maldición china”, como se la conoce hoy en día a aquella frase, es claramente una expresión irónica: su aparente deseo positivo implica un mal augurio. Los “tiempos interesantes” son aquellos marcados por conflictos, crisis y transformaciones profundas. Estamos viviendo tiempos interesantes.

Si de transformaciones profundas hablamos, bien podríamos hacer referencia a la virtualización de nuestras vidas. Está claro que desde principios de este siglo, y más aceleradamente a partir de la década del ’10, estamos asistiendo a nuevas modalidades de socialización. Estas modalidades están marcadas por nuestra interacción dentro de la red de redes, es decir, internet. Pensemos que hacia 1995, la penetración de internet a nivel mundial era del 0,68% de la población; ya en el 2023 el porcentaje asciende al 67,40% de la población –datos del Banco Mundial–. Pero aún es más sorprendente si miramos solamente Occidente: hacia 1995 la penetración en Europa era del 1,65%, en Estados Unidos del 9,24% y en la Argentina, apenas el 0,086%. En cambio, en 2023 las cifras son impactantes: más del 90% de las personas tiene acceso diario a internet, sea en Europa como en Estados Unidos y Argentina. Internet ha transformado profundamente nuestra cotidianidad. 

No hemos mirado caprichosamente la penetración de internet en Occidente. Lo hemos hecho porque este proceso ha transformado también la lógica política. Y esto lo podemos ver claramente con la emergencia de nuevos populismos a los que designamos como “populismos digitales”. Una manera de comprender este fenómeno podría ser realizar una breve mirada hacia dentro de lo que significa el populismo y de cómo fue evolucionando a lo largo del tiempo. “Populismo” suele ser un término cargado de negatividad y su uso es siempre peyorativo –de hecho, solemos ver cómo unos y otros se acusan de ser “populistas”–. Al mismo tiempo, pareciera ser un concepto difuso, que describe fenómenos políticos muy diferentes. Desde la teoría política, se ha considerado al populismo como una “estrategia”, un “estilo”, una “ideología”, un “discurso”. Bibliografía sobra. Bibliografía que no logra ponerse del todo de acuerdo para definirlo.

Si bien no hay una etimología precisa del término, podríamos arriesgarnos con dos vocablos latinos que bien podrían ser los disparadores a dicho término. Un primer vocablo es populus, vocablo latino utilizado dentro de la tradición política de la Antigua Roma para señalar la totalidad de una población constituida en un Estado. Si bien suena plausible, el populismo no describe esa totalidad, es decir, la totalidad de miembros de una comunidad no se siente interpelado por el populismo.

El segundo vocablo es plebs. Este vocablo designaba a todas aquellas personas que no eran patricias, es decir, establecía una categoría que se diferenciaba de los nobles. Tal vez el aspecto más interesante de dicho vocablo sea la concesión de un relativo reconocimiento de derechos –más allá de su carácter peyorativo–. Esto último es sumamente importante. La institución de un vocablo implica algo más que una variación lingüística, implica visibilización simbólica –el hecho de nombrar da existencia pública a algo que quedaba invisibilizado–, reconocimiento político –se habilita un espacio de derechos–, efecto performativo –siguiendo a J. Butler, el lenguaje no solo describe, también hace–, redistribución de poder simbólico –nombrar es un acto de poder–. De este vocablo deriva también la palabra plebiscito, que literalmente significa decisión del pueblo.

La propuesta etimológica no logra captar la idea de populismo. Otro camino para comprender el fenómeno podría ser describirlo en sus distintas fases. En este sentido, podemos encontrar acuerdos dentro de la teoría política. Este acuerdo describe tres fases que se dan en tres períodos y contextos bien marcados. La primera fase es una concepción del populismo como movimiento político que se da entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. En esta fase, el populismo es definido como un movimiento social que se apoya en ideologías agrarias y propone la participación del pueblo sin ningún tipo de instancias intermedias. Ejemplos de este tipo de populismo son los Naródniki en la Rusia zarista y el People’s Party en Estados Unidos. Los primeros, apoyados en las ideas de Herder y Rousseau, habían idealizado la vida en las comunas rurales y mantenían una concepción romántica y reaccionaria pero, al mismo tiempo, con una alta dosis de fuerza transformadora: se distanciaban de las elites económicas y políticas al tiempo que llamaban a la movilización popular para confrontar al capitalismo y al sistema zarista. En cuanto al Pople’s Party, se presenta como la culminación de diferentes movimientos populistas de fines del siglo XIX que se dieron en el país del norte de América. Estos movimientos tenían en particular la articulación de intereses de los terratenientes y de los pequeños agricultores que pretendían retomar el ideal norteamericano de la democracia agraria concebida por Jefferson. En esta primera etapa o fase del populismo ya podemos ver una semántica de “pueblo” que hace alusión a una imagen romántica de sociedad que contiene una alta valoración al pasado.

La segunda fase se enmarca en una etapa de modernización latinoamericana. No es un detalle menor: a partir de este momento, los populismos serán asociados a la periferia del mundo occidental, con la carga que eso implica: movimientos propios de países subdesarrollados, no solo en cuanto a lo económico, sino también en cuanto a lo político, dando lugar a este tipo de propuesta política –a nuestro favor, podríamos decir que aquí no se desarrollaron fascismos ni totalitarismos–. La podemos circunscribir temporalmente entre la crisis económica de 1929 y la llegada del neoliberalismo de los años ’80. Esta fase tiene como característica principal la transición de los países latinoamericanos desde una economía de base fuertemente agraria a una de corte industrial. Una característica fundacional de esta fase del populismo es la aparición de líderes carismáticos que llevan a cabo políticas en nombre del pueblo, sobre todo pensando en una población que está viviendo un cambio socio-estructural pasando del campo a las ciudades, de allí que las políticas económicas se centraran en el proceso de una incipiente industrialización basada en la sustitución de importaciones. Son conocidos los casos de Vargas en Brasil y de Juan Domingo Perón en Argentina. Un aspecto importante en esta fase es el uso de los medios masivos de comunicación: los líderes dieron cuenta de que el uso de la radio y los medios impresos tenían un gran poder de llegada. Es por ello que hacían uso y control de los mismos. Ahora, la comunicación entre líderes y seguidores estaba mediada. Por otro lado, no menos importante, es que la semántica de “pueblo” ya no es una que apela a una valoración del pasado, sino más bien a una nueva patria más justa y distributiva. 

La tercera fase define al populismo como una lógica de acción política. A partir de los años ’90 se dan ciertas condiciones para el florecimiento de nuevos populismos. Finaliza la guerra fría y se abre camino a una globalización de la democracia. Desde la teoría política, el populismo, en esta fase, es definido como un tipo de lógica de acción política que se establece en los regímenes democráticos y que tiene como característica principal la búsqueda de coaliciones heterogéneas con la irrupción de un liderazgo carismático que lleva adelante métodos de conducción social que intenta escapar los mecanismos de control institucional. En esta nueva fase, más allá de las condiciones socio-estructurales, los populismos logran establecerse dados los déficits institucionales en los sistemas de representación democráticos. Estos déficits están asociados ineludiblemente al proceso de globalización. En el año 1996, Jean-Paul Fitoussi y Pierre Rosanvallon publican Le nouvel âge des inégalités (La nueva era de las desigualdades), texto que arriesga a describir cuáles son las crisis que enfrenta esta nueva era: «Fallan simultáneamente las instituciones que hacen funcionar el vínculo social y la solidaridad (la crisis del Estado providencia), las formas de la relación entre la economía y la sociedad (las crisis del trabajo) y los modos de constitución de las identidades individuales y colectivas (la crisis del sujeto)». La globalización puso de manifiesto la impotencia de lo político: ¿cómo es posible una política nacional independiente en un mundo económicamente interdependiente? La apertura “al mundo” trajo consigo una nueva ley: la ley del mercado por encima de la ley de los Estados. A partir de ahora ningún país controla su destino.

En esta fase del populismo también se da un cambio en el ecosistema mediático. La expansión de la televisión por cable y la consolidación de los medios privados de comunicación generaron un escenario donde la política comenzó a medirse en términos de visibilidad. El poder ya no solo residía en las instituciones sino que también en la capacidad de ocupar el centro de la escena mediática. Ejemplos sobran de esta espectacularización de la política de la década de los años 90. La política pasó de la cercanía del balcón al plató televisivo. En este sentido, el populismo de los años 90 buscaba dominar la agenda mediática. Pero mientras la política quedaba encandilada por los focos de los estudios de televisión y las tapas de revistas del corazón, poco a poco se fue alejando del contacto y el clima que se vivía en la calle. Los problemas que trajo aparejada la apertura de los mercados en combinación con la lejanía que los flashes les proponían a las elites políticas trajo consigo un recrudecimiento de la representación política. La elite política parecía encerrarse en sí misma, revalorizando solo el mero hecho de seguir perteneciendo a ese grupo selecto. 

Frei y Rovira Kaltwasser, en un artículo publicado en el año 2008, plantean esta fase del populismo como “experimento político”. Experimento que surge en relación al fracaso de las elites y que se distingue por la activación de emociones para la constitución de una identidad colectiva llamada “pueblo”. Definir al populismo como “experimento” implica que se trata de un proceso en constante movimiento, es decir, que su implementación no puede considerarse finalizada sino que está siempre actualizándose. Por otro lado, el surgimiento de estos “experimentos” está ligado directamente con la incapacidad de las elites de escuchar y cumplir las demandas de la sociedad. En este sentido, el surgimiento de demandas en contra de la “casta” ya no provienen de grupos aislados y marginados de la sociedad sino que logran agrupar heterogeneidades, logrando así generar identidad común entre los denunciantes. La creciente desigualdad y la complejidad social –es decir, la conducción de la comunidad es cada vez más difícil, lo que obstaculiza la coordinación política– explican el surgimiento de estos nuevos populismos. Estos nuevos populismos dependen de su capacidad por activar pasiones colectivas. Es por ello que recurren a discursos e imágenes que puedan activar emociones potentes como el miedo, el odio, la indignación. Pero las emociones, además de ser bienes escasos, son inestables y de corta duración. Es por ello que requieren todo el tiempo ser activadas.

Pues bien, ¿dónde entra lo digital en todo esto? No hay dudas que la red ha revolucionado varios aspectos de nuestras vidas. Entre esos aspectos, uno muy importante es el aspecto político. Se ha establecido una dimensión virtual de la política. Esta nueva dimensión política se basa sobre la comunicación, sobre la posibilidad de establecer nuevos vínculos entre nuevos personajes emergentes y los usuarios de internet, los lazos que se establecen a través de plataformas sociales. Una de las características más revolucionarias de la red es haber descentralizado la información. Recordemos lo expuesto anteriormente, los líderes populistas hacían uso de los medios de comunicación masivos disponibles a la época. La característica principal de aquellos medios era que la producción de información y la transmisión de la misma se daba en una relación A→B, es decir, desde el medio de comunicación (diario, radio, televisión) hacia la persona. De esta manera, la opinión pública se establecía según la información que partía de A. En este sistema de información el rol del ciudadano es pasivo. A partir de la democratización de internet, es decir, de un acceso más popular, el sistema A→B empieza a perder valor. Esto se debe a que la información ya no viaja desde los medios de comunicación masivos, sino que cada usuario comienza a generar información por cuenta propia. Lo que se produce es una descentralización de la información: ahora el usuario de internet pasa a tomar un rol activo. De espectadores pasamos a creadores. Y esta actividad repercute de forma directa sobre el sistema político. Si en los años noventa el populismo televisivo buscaba dominar la agenda mediática, en el siglo XXI el populismo digital busca dominar los flujos de atención dentro de las redes. El líder ya no depende de los grandes canales: se convierte él mismo en productor y distribuidor de contenido, en emisor directo de afectos e imágenes.

Este cambio paradigmático de generación de información ha dado lugar a que voces que antes no eran escuchadas o no tenían lugar en los medios masivos de comunicación encuentren un canal de difusión. Canal altamente efectivo. La democratización de la información dio paso a la democratización de voces, una horizontalidad de la palabra. Todas las opiniones valen lo mismo. Y no solo eso, sino que ha logrado reunir y aglomerar aquello que estaba en las capas subterráneas de la sociedad: la xenofobia, los odiadores de las identidades sexuales, los nostálgicos de la pequeña patria, los hombres con crisis de identidad y frágil masculinidad. Si bien estos grupos siempre existieron, también han sido censurados durante mucho tiempo negándoles el acceso a los medios de comunicación. Internet logró destrabar eso. El ambiente del populismo contemporáneo no es otro que la realidad inmanente y efervescente de internet. Personas aisladas, detrás de una pantalla escribiendo, liberando toda su ignorancia a través de teorías conspirativas, terraplanismo intelectual, pero que, al mismo tiempo, logra activar las fibras emocionales de una sociedad frustrada, desolada y decepcionada por las elites que las gobiernan.

Esta nueva situación que abre internet da lugar al nacimiento de populismos digitales, es decir, permite el acceso a personajes que surgen de su actividad virtual recogiendo los malestares que son tendencias en las redes. Lo más potente es la relación que se establece entre el nuevo emergente político y los usuarios, una relación basada en la constante exaltación emocional. El estrecho vínculo entre el político-seguidor implica que inevitablemente esta relación se esté reforzando constantemente llevando adelante políticas para este pequeño grupo de la sociedad. Esto refuerza e incrementa la relación amigo-enemigo. Referentes de esto tenemos a montones, siendo los más relevantes hoy en día Trump y Milei. Este tipo de lógica política representa una clara amenaza a la estabilidad democrática: estos personajes no tienen experiencia ni manejo de las herramientas gubernamentales, lo cual pone en peligro la estabilidad cuando están al frente de gobiernos democráticos. Entonces, estamos entregados a incongruencias como las políticas arancelarias de Trump, que un día establecía un 100% de aranceles a las importaciones chinas y al día siguiente las bajaba al 50% ante la atónita mirada de gran parte del arco político mundial. O las locuras a las que nos tiene ya acostumbrado Milei desde hace dos años, contradiciendo sus palabras de campaña, llevando como ministro de economía al mismo personaje que había acusado de «fumarse 15 mil millones de dólares» ahora transformado en el mejor ministro de economía de la Argentina.

El populismo digital no solo redefine la comunicación política, redefine la experiencia misma de lo político. Allí donde antes había mediaciones, deliberación o distancia institucional, ahora hay inmediatez, exposición y emoción. El líder no representa: performa. No promete un futuro: encarna un presente exaltado y lo alimenta constantemente. Su fuerza nace de las demandas oscuras de una porción de la sociedad que antes no tenía voz y que ahora logra captar el (des)interés de gran parte de la comunidad cansada de la ineficiencia de las elites. Pero esa intensidad constante tiene un costo: erosiona los vínculos de confianza, trivializa la palabra pública y convierte la vida política en un flujo incesante de afectos volátiles.

El nuevo líder digital, surgido de esa misma lógica, propone soluciones tan efímeras como su propia emergencia: respuestas rápidas a malestares profundos, promesas que se consumen en el mismo instante en que son pronunciadas y que deben ser actualizadas constantemente a fin de no perder la atención de aquellos que lo sostienen. En la velocidad del clic, la política se convierte en un espectáculo sin mañana.

Tal vez el verdadero desafío sea recuperar un sentido de lo común que no dependa del algoritmo. Pensar una política que vuelva a crear espacios de encuentro, de lentitud, de palabra. Porque si el populismo digital es el síntoma de una sociedad hiperconectada pero fragmentada, su superación solo podrá venir de otra forma de presencia: una que vuelva a poner en el centro la responsabilidad, la escucha y la experiencia compartida. 

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Hernán E. Calomino

Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Investigador en el Centro Ciencia y Pensamiento (ECyT-IDAES-HU-LM_UNSAM); Director de la Revista de Filosofía Symploké; Coordinador de la Cátedra Libre Symploké (Escuela de Humanidades – UNSAM).

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