La dialéctica: comprender y transformar la realidad

La afirmación de Marx al comienzo del Manifiesto Comunista —según la cual la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases— sobrepasa una comprensión meramente economicista del mundo. Por el contrario, la sentencia revela el sentido del devenir histórico de la humanidad. La lucha, el desgarro, el conflicto constituyen los núcleos de la experiencia humana, tal como esta se ha manifestado fácticamente. La humanidad no es una unidad homogénea ni armónica; su historia no debe entenderse como una acumulación lineal de progresos. Opresores y oprimidos son los polos antagónicos de una dialéctica que intenta dar cuenta de la historia.

No se trata de reduccionismos, sino de revelar lo que los distintos discursos legitimadores de la dominación han ocultado. La humanidad se ha visto desgarrada por este juego de oposiciones. En cada época, la relación entre amos y esclavos, señores y siervos, burgueses y proletarios expresa el mismo movimiento que, en su devenir, adopta nuevas formas. Como señala Sartre en La crítica de la razón dialéctica, pensar al hombre fuera del conflicto es incurrir en una abstracción vacía. La humanidad no constituye un conjunto armónico, sino una totalidad en desgarrada, donde lo negativo no es un accidente, sino la condición misma del devenir. La existencia concreta del hombre está atravesada por la contradicción, y sólo pensándola dialécticamente puede comprenderse su historia.

En este punto, es importante subrayar que la dialéctica no es simplemente un método intelectual, sino el movimiento mismo de lo real. Tanto Marx como Sartre, Hegel o Lukács, con sus notorias diferencias en distintas áreas, la conciben como el modo de racionalidad capaz de captar la unidad en el conflicto, la totalidad en la fragmentación. Donde el pensamiento analítico separa y clasifica, la dialéctica une pero no suprimiendo la diferencia sino pensándola en su movimiento. La dialéctica no busca eliminar en el ámbito de la abstracción la contradicción, sino comprender cómo, en su seno, se abre la posibilidad de una transformación concreta.

El conflicto fundamental que atraviesa la historia —el de opresores y oprimidos— encuentra en la dialéctica su sentido más profundo. No se trata de una relación de dominación exterior únicamente, sino de un vínculo que determina internamente la relación. El ser del opresor y el ser del oprimido se constituyen mutuamente. Uno no existe sin el otro. En este sentido, la opresión no es un hecho aislado, sino una relación viva, dinámica, contradictoria. Pensarla dialécticamente significa reconocer que, dentro de la misma opresión, anida la posibilidad de su superación. En toda relación desigual late un germen de emancipación.

En la célebre dialéctica del señor y el siervo, Hegel expone el modo en que la conciencia humana se despliega  a través de la negación, a través del enfrentamiento con otra conciencia. En la lucha por el reconocimiento, una de ellas se somete y se convierte en sierva; pero ese sometimiento no suprime su humanidad. Por el contrario, en el trabajo y en la negación del miedo, el siervo comienza a transformarse y a generar, en el corazón mismo de su subordinación, la posibilidad de la libertad. Lo que en un inicio aparece como sumisión encierra la semilla de la inversión dialéctica.

Como interpreta Alexandre Kojève, esta escena fundacional no engendra una humanidad reconciliada, sino una escisión irreductible. A partir de la dialéctica del amo y el esclavo no hay una humanidad única, sino seres humanos amos y seres humanos esclavos. Es decir, dos modos de ser y de existir históricamente determinados por la relación de dominio. La historia, desde entonces, no puede pensarse fuera de esa fractura originaria. Toda forma de humanidad se constituye en el seno de esa división y sólo puede superarla a través de la lucha. 

Así entendida, la dialéctica permite pensar la opresión no como un destino, sino como un proceso histórico que puede revertirse. La historia no está condenada a repetir el dominio, porque el movimiento de la contradicción engendra sus propias formas de superación. Si bien con un cambio de perspectivas, es lo que Marx extrae de Hegel. En el enfrentamiento entre fuerzas opuestas se produce la posibilidad de un nuevo orden, de una síntesis más alta donde la negación del oprimido se convierte en afirmación de su humanidad.

Desde Kant, la moral había postulado el deber de tratar al ser humano siempre como un fin y nunca como un medio. Sin embargo, desde un pensamiento situado, dialéctico, que comprenda la totalidad y las condiciones materiales de existencia, esa norma resulta imposible bajo condiciones de opresión porque el oprimido ha sido reducido a medio, a instrumento, a cosa. Pero incluso en esa reducción subsiste una paradoja ya que la deshumanización nunca puede ser total, puesto que la opresión necesita del oprimido para existir. La dialéctica revela que el opresor depende del oprimido tanto como éste del opresor. En el fondo, el amo está atado a su siervo, y su dominio es también su prisión.

Frantz Fanon comprendió esta verdad con una lucidez desgarradora al analizar la situación colonial. En Los condenados de la tierra, muestra que el colono necesita mantener un resto de humanidad en el colonizado. Si lo deshumanizara por completo, destruiría la base de su propio poder. Esa contradicción —el intento de anular al otro sin poder hacerlo— constituye el núcleo mismo de toda relación de opresión. En ese resquicio de humanidad que persiste, Fanon ve la posibilidad de la rebelión, del retorno de la dialéctica a su punto más vivo, a la negación de la negación.

Sartre, en el prólogo a la obra de Fanon, lleva esta lógica a su extremo: la violencia del oprimido no es un impulso ciego, sino la respuesta dialéctica al sistema que lo ha negado. No se trata de una apología de la violencia, sino del reconocimiento de que la opresión genera su propio reverso. La historia del hombre, en tanto historia dialéctica, es la historia de esta lucha por el reconocimiento, de este combate por la humanidad.

Hoy mismo, las estructuras coloniales se reinventan bajo nuevas formas, el dominio económico y financiero perpetúa la dependencia, la pobreza global sostiene la riqueza de unos pocos, y la explotación del Sur continúa siendo el fundamento material del confort del Norte. El colonialismo ya no necesita banderas. Se expresa en la desigualdad estructural, en la deuda, en la apropiación de los recursos y en la invisibilización de los pueblos oprimidos.

La dialéctica nos permite comprender que no hay pobreza sin riqueza, ni riqueza sin pobreza, que ambas son las dos caras de una misma relación social. Es la lógica del capital la que convierte la abundancia de unos en el reverso de la miseria de otros, y la que reproduce, bajo nuevas formas, el antagonismo entre amos y siervos.

Pero también, la dialéctica nos ofrece la posibilidad de la autoconciencia y la conciencia de la totalidad: al pensarnos dentro del movimiento histórico, comprendemos que no somos fragmentos aislados, sino parte activa de una totalidad en transformación. En esa conciencia histórica se juega la posibilidad de alcanzar la humanidad misma. Porque, como señala Marx, la tarea no es meramente interpretar el mundo, sino transformarlo, y sólo en esa praxis puede realizarse el humanismo real: una humanidad que se reconoce en su interdependencia, que supera la alienación y hace de la libertad una situación común.

Comprender la dialéctica en este contexto no es solo un ejercicio académico, sino un acto político y ético. En un mundo que tiende a fragmentar, aislar y naturalizar la injusticia, la dialéctica nos recuerda que toda situación es histórica, que toda dominación encierra su propio límite, que no hay opresión sin resistencia. Pensar dialécticamente es negarse a aceptar lo dado como definitivo; es, en última instancia, afirmar que el devenir del hombre consiste en transformar aquello que lo niega. 

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Maximiliano Basilio Cladakis

Es doctor en Filosofía por la Universidad de San Martín (UNSAM) e investigador del Conicet. Se desempeña como docente de la cátedra de Filosofía del Cultura y de seminarios de Fenomenología y Hermenéutica en la Escuela de Humanidades de esa misma universidad, donde también dirige el proyecto Violencia e historia. Un abordaje fenomenológico-hermenéutico.

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