El contenido narrativo de la manósfera no es nuevo, pero su masividad actual sí lo es. ¿Cómo la leemos? ¿De qué está hecha? ¿Qué fuerzas vinculares y discursivas la constituyen y sostienen?¿qué malestar interpreta y organiza la manósfera?
Un backlash que no es nuevo
Desde que empezaron a reconfigurarse las categorías de familia nuclear que organizaban la vida en clave varón cis-proveedor en el espacio público y mujer cis-cuidadora en el espacio privado —fundamentalmente a mitad del siglo pasado—, comenzaron los movimientos de varones cis que buscaban restituir el orden perdido. El conocido backlash, los movimientos de varones cishetero antifeministas o enojados ocuparon un lugar en los debates sociales y en la disputa por el sentido y el poder en las relaciones humanas. Es decir que el contenido narrativo de la manósfera no es nuevo, aunque hoy podríamos hablar de su relevancia social y política fundamentalmente por su alineación con los movimientos de ultraderecha a nivel global. También se impuso como fenómeno relevante al alcanzar masividad pública, como podemos ver en series o documentales actuales. La expansión del uso de redes virtuales y sociales fomentó la creación de espacios donde se promueven discursos de odio en general y misóginos en particular, algo que caracteriza a la subcultura antifeminista que entendemos por manósfera.
Por otro lado, en la actualidad cobra relevancia porque aumentaron los malestares sociales, económicos y humanos, y la manósfera puede entenderse como una de las expresiones de esos malestares. Si bien estos malestares no conducen linealmente a la adhesión a discursos misóginos y antifeministas, pueden constituir un escenario propicio para narrativas que ofrecen argumentos y explicaciones simples a temas complejos, pertenencia grupal con pares e identificación.
Me parece importante entender a la manósfera como una de las expresiones actuales de los malestares de nuestra época, que articula género, edad, clase y capitalismo. Considero que apuntar a los varones cis jóvenes desde una lógica punitiva obtura el entendimiento y la lectura de estos fenómenos sociales. Intentar comprender los escenarios sociales, estructurales y subjetivos que favorecen su proliferación no implica desconocer sus expresiones violentas, misóginas y antiderechos. Por el contrario: entender cómo se producen estos fenómenos es condición necesaria para su abordaje desde una dimensión ética. La manósfera, entonces, podría entenderse como una expresión cultural que se impone como forma válida de tramitar los malestares de época de algunos varones cishetero adolescentes y jóvenes.
Me parecen relevantes tres ejes de lectura para este fenómeno:
- Las desigualdades estructurales ligadas a la crisis económica, el desempleo, la dificultad de armar proyectos a futuro y la precarización de la vida.
- Las transformaciones en las relaciones de género que se profundizaron —fundamentalmente en Argentina— a partir de 2015, en busca de mayor paridad.
- La digitalización y virtualización de la vida, que opera en los modos de armar vínculos, en la construcción de ideales y en la proliferación del consumo y el éxito como imperativos actuales.
Las masculinidades jóvenes de hoy se ven interpeladas por la imposibilidad de concretar los proyectos para los cuales han sido socializadas: ser proveedores, exitosos, poderosos, dominantes y autosuficientes. Lo que vemos hoy es que la crisis social, política y económica obtura la concreción de esos proyectos que garantizarían el sentirse valiosos, y que faltan modelos de masculinidad alternativos que resulten deseables para los varones jóvenes. Esto se encuentra en profunda articulación con la sociedad de consumo y desecho, que pone en jaque el valor social, político, ético y afectivo de una vida humana.
Socialización masculina y construcción de «enemigas»
Cuando abordamos las coordenadas sociales en articulación con la construcción de la subjetividad masculina, podemos hipotetizar algunas cuestiones. La socialización masculina tradicional suele construirse en oposición a atributos culturalmente asociados a la feminidad, y suele ponderar ciertos atributos que se transmiten como valiosos y como modelos a seguir: fortaleza, dominio, poder, autocontrol, autosuficiencia. Estos atributos producen ideales, autoestima, sentimiento de valoración de sí.
Los discursos que promueven algunos varones cishetero antifeministas refuerzan estos valores tradicionales y ofrecen estrategias para alcanzarlos. Pero además profundizan la desvalorización de «lo femenino», tal como vemos en el libro de Andrew Kibe 28 Commandments: A Journey into Manhood (2025), donde uno de los mandamientos afirma: «nunca le cuentes tus problemas a nadie, especialmente a las mujeres». El punto central acá es que, frente a los avatares de la vida humana en la actualidad y la dificultad generalizada de sostener proyectos vitales y de armar lazo, estos discursos construyen narrativamente «culpables» o «enemigas»: las feministas. Se arma así la idea de que los movimientos feministas son los responsables de que los varones no puedan cumplir con lo que esperan de sí mismos. Por tal motivo, los discursos abiertamente antifeministas y de desvalorización de la feminidad tienen más resonancia en las masculinidades tradicionales.
La manosfera ofrece a algunos varones jóvenes una forma de darle sentido a un malestar producido por la precarización de la vida, pero lo hace mediante un relato que transforma ese malestar en fracaso individual y construye a las mujeres/feministas como responsables.
Hiperactividad, mérito y mercantilización del malestar
Algunos otros referentes de la manósfera invitan a la hiperactividad como modo de «combatir» los malestares, tales como la depresión. Esto refuerza una idea meritocrática e individualista de la salud mental. En un momento como el actual, con altos índices de malestares psíquicos, sintomatologías como la depresión y la ansiedad a nivel mundial y crisis en salud mental, que un referente público ofrezca una especie de salida al malestar puede resultar atractivo. Sin embargo, quienes trabajamos en este campo sabemos que no se puede individualizar una problemática de salud que está atravesada por factores socioculturales. Por tal motivo, puede resultar contraproducente reproducir la idea de que ir al gimnasio o que la voluntad individual son suficientes para atravesar un padecimiento subjetivo.
Y acá hay dos cuestiones importantes. Por un lado, la mercantilización de los malestares individuales y vinculares actuales: estos referentes también promueven sus cursos de «seducción», de finanzas, inversiones, criptomonedas o negocios digitales. Esto puede resultar muy atractivo para aquellos varones cishetero -adolescentes, jóvenes y adultos- que sienten que, para ser valiosos, tienen que ser exitosos económicamente y vincularse sexoafectivamente desde modelos relacionales jerárquicos, donde el poder y la dominación se vuelven atributos deseables. Esto está en la base de las violencias de género, los crímenes de odio, los femicidios y los transfemicidios.
Por otro lado, la subjetivación masculina y su ideal de autosuficiencia producen en muchos varones una marcada desconexión emocional y un rechazo de la propia vulnerabilidad, precisamente por tratarse de características asociadas a la feminidad. Género y capitalismo se enlazan y profundizan los malestares actuales: transforman una crisis social en una hiperexigencia individual y meritocrática, y valoran la inferiorización de los/as otros/as como vía para alcanzar una posición de poder. Entonces, la manósfera ofrece pertenencia y una explicación del sufrimiento, pero reproduce y pondera las mismas formas de masculinidad que dificultan tramitar ese sufrimiento.
El desfasaje entre la promesa y la vida
Pensar que lo que acontece en la manósfera acontece en la vida en general puede traer un desfasaje entre la expectativa de los varones y lo que efectivamente pueden construir como proyectos vitales y relacionales. Los discursos que promueven la idea de tener una pareja mujer desde una posición de dominio y objetualización presentan dos problemas: el primero, el efecto más atroz del patriarcado, que es la violencia de género; el segundo, que muchas mujeres jóvenes adhieren actualmente a ideales de paridad e igualdad en los vínculos, lo que podría entrar en tensión con los modelos relacionales que promueve la manósfera. Además, el consumo prolongado de estos contenidos produce una nueva ilusión difícil de alcanzar: la idea de que cualquier varón joven puede ser millonario y exitoso, tener casas y autos de lujo y una mujer a su disposición.
Las comunidades virtuales organizadas en torno a discursos misóginos, violentos y antifeministas se constituyen como espacios de homosocialización y complicidad, donde otros varones validan y refuerzan los aspectos más complejos de la masculinidad: la violencia, la dominación y la inferiorización de los/as otros/as. Y agruparse y armar comunidad desde el enojo, la frustración, la defensa y la búsqueda incesante de restituir un orden perdido puede impactar negativamente en la salud mental de los jóvenes, obturando la creación vital, el lazo social, la producción de afectos alegres y la construcción de proyectos a futuro.
¿Qué heridas hay en común?
Hace algunas semanas me preguntaron qué heridas o vulnerabilidades suelen tener en común los varones cis que consumen este contenido. Considero que tienen las heridas que tenemos actualmente los humanos: la pérdida de ideales, la falta de guiones, la precariedad vital y la impotencia, fundamentalmente porque estamos en un momento histórico donde cada vez se pueden concretar menos proyectos, y más aún si están organizados en función del éxito económico y la satisfacción de los deseos de consumo. En definitiva, diría que las heridas y vulnerabilidades son propias de lo humano en el mundo que vivimos. Sin embargo, la elección de consumir estos discursos y agruparse en esta subcultura antifeminista tiene que ver con lo que ha pasado históricamente con las formas de tramitar el malestar de los varones: el enojo y la necesidad de recuperar la posición de dominio, aunque sea ilusoria. Lo que tienen en común, entonces, es la ilusión de que a través del enojo y la violencia se alivianan los malestares humanos.
Las comunidades virtuales de varones cishetero antifeministas pueden ofrecer una explicación a sus malestares u otorgar algún sentido y justificación a sus enojos y frustraciones. Ahora bien, también refuerzan los atributos tradicionales de masculinidad que producen sufrimiento, autoexigencia, hipervigilancia y poca capacidad de exploración emocional, lo cual tiene alto impacto en la salud y en la salud mental. De hecho, las tasas de mortalidad en varones adolescentes y jóvenes superan ampliamente a las de las mujeres de la misma edad, principalmente por las denominadas causas externas. Estos datos, asociados a la violencia hacia otras personas y hacia sí mismos, dan cuenta del impacto que tiene la construcción de la masculinidad sobre la salud. A su vez, los varones son quienes menos consultan al sistema de salud y de salud mental, hecho articulado con la poca capacidad de autocuidado y con la dificultad de acceder a los tratamientos por cuestiones económicas y/o de accesibilidad. Otro de los impactos se asocia a la ira, la desesperanza o la rigidización de creencias que imposibilitan el encuentro con las otras personas.
No hay una lectura lineal y causal del fenómeno de la manósfera, pero sí podemos elaborar líneas de pensamiento para entablar diálogos con los jóvenes, con el objetivo de abordar de manera ética, afectiva y colectiva los malestares actuales.





